| "Quería estar solo, que
mis padres no me buscaran", confiesa
el parricida de Murcia El
joven ofreció a los agentes un
pormenorizado relato de la noche del
triple homicidio y su fuga
El pasado sábado, al
despuntar el alba en Murcia, un oscuro
aprendiz de soldador de 16 años mató
con una espada de samurai a su padre, su
madre y su hermana, una chica de 11 años
con síndrome de Down. El terrible
crimen, una orgía de sangre sin motivo
aparente, desató todo tipo de
especulaciones sobre su móvil. El pasado
martes, ya detenido, el supuesto autor de
las muertes disipó las dudas en una
habitación de la comisaría de Murcia.
"Quería vivir una experiencia
distinta. Estar solo. Que mis padres no
me buscaran", confesó. Luego se
demoró en detallar cómo fue la noche
del crimen y su huida. El juez ordenó
ayer su ingreso en la prisión de
Sangonera.
PABLO ORDAZ, Murcia
Se acostó temprano y vestido, su sable
de samurai acariciándole el pantalón
del chándal, oculto bajo las sábanas.
No durmió apenas. Hacía una semana que
José, de 16 años, mal estudiante y
aprendiz de soldador, había decidido
quedarse solo en el mundo, vivir una
nueva vida, disfrutar de libertad para
viajar a Barcelona y conocer a Sonia, una
muchacha de su misma edad de quien se
había encandilado en sus charlas
nocturnas por Internet.

José, el joven parricida de
Murcia es
trasladado al Juzgado de Murcia a
declarar (Efe). |
Así, tranquilamente,
sin aspavientos, un detalle detrás de
otro, se lo fue contando a la policía la
noche del martes, en una habitación de
la comisaría de Murcia. Su casa no
estaba muy lejos de allí, un segundo
piso sin ascensor del barrio obrero de
Santiago el Mayor, donde al amanecer del
sábado -entre las seis y media y la
siete-, J. R. P. dio muerte
sucesivamente, a golpes de sable y
machete, a su padre, su madre y su
hermana pequeña, una niña rubia de 11
años, afectada por el síndrome de Down.
"¿Y por qué lo hiciste?", le
preguntaron una y otra vez los policías,
intrigados por si detrás del crimen se
escondía algún extraño juego de rol,
tal vez un rito satánico: "Quería
vivir una experiencia distinta. Estar
solo. Que mis padres no me
buscaran". Los agentes insistieron:
"Y a tu hermana, ¿por qué mataste
a tu hermana?". La respuesta empezó
por otra pregunta: "¿Y qué iba a
hacer ella sola en el mundo...? La maté
para que no sufriera".
J. R.P -según su
propio relato ante la policía- se
levantó a eso de las cuatro de la
madrugada. La casa estaba en silencio.
Sólo se oían los ronquidos de su padre
en la habitación de al lado. Decidió
actuar, pero de pronto creyó percibir
algo -un ruido desde el exterior, un
gesto de su padre entre sueños- que lo
hizo desistir. Volvió a la cama. Dos
horas después lo intentó de nuevo.
Ahora sí. Su padre, Rafael R., de 51
años, camionero de profesión, dormía
de lado, dándole la espalda. Se situó
junto a su almohada, levantó la espada
de samurai y la dejó caer con fuerza.
"¡Auxilio,
auxilio!"
El informe del forense
coincide con el relato del joven. Habla
de un reguero de sangre, de un golpe
detrás de otro hasta 16 o 17, de que el
padre intentó defenderse, de que
alcanzó a levantar las manos, de que el
sable le amputó varios dedos. Luego,
José fue a la otra habitación, donde su
madre, Mercedes P., de 54 años,
descansaba junto a su hermana.
El ruido ya la había
despertado y ahora esperaba la muerte
sentada sobre la cama. Mercedes vio
aparecer a su hijo ensangrentado,
esgrimiendo la espada. "¡Auxilio,
Rafael, auxilio!", intentó llamar a
su marido. El primer golpe la dejó sin
sentido. El informe del forense deja bien
claro que muchos de los sablazos fueron
inútiles, que Mercedes y Rafael murieron
mucho antes de que su hijo dejara de
blandir su espada. La misma que su padre
le había regalado unos meses antes. La
tercera en morir fue su hermana.
"Para que no sufriera".
A J. R.P le sobrevino
entonces una duda. "Me dijo",
asegura uno de los agentes que lo
interrogaron, "que hubo un momento
de la noche, entre la habitación de su
padre y la de su madre, entre la muerte
de uno y de otro, que creyó estar
viviendo un sueño". El menor se
repuso inmediatamente. Decidió seguir
ejecutando su plan.
La policía, al
descubrir los cadáveres la tarde del
sábado, temió que la casa hubiera sido
escenario de un extraño crimen ritual.
Sangre por toda la casa, cuerpos
destrozados y dos detalles inquietantes.
El cadáver de la pequeña se encontraba
dentro de la bañera. Y la cabeza del
padre, embutida en una bolsa de
plástico. ¿Qué quería decir todo
aquello?
Ni obra de una secta,
ni producto de las drogas, ni apelación
desesperada a Satán. El joven le contó
a la policía que su único plan era
huir, dejar atrás su mundo anterior. No
quería, por tanto, que el olor de los
cadáveres alertara a los vecinos, y
éstos, a la policía. Así que decidió
meter a su familia en la bañera,
llenarla de agua y que así el olor
tardara más en expandirse. Cogió el
cadáver de su hermana y lo metió allí.
Luego fue a por su padre. Le introdujo la
destrozada cabeza en una bolsa y lo
arrastró por la casa hasta el cuarto de
baño, procurando no dejar un reguero de
sangre. Intentó colocarlo junto a su
hermana. No tuvo fuerzas y desistió. Por
eso dejó el cadáver de su madre en la
cama. Sin ninguna bolsa en la cabeza.
El machete oculto
Hay todavía otro
detalle que despistó a la policía en un
principio. Según el forense, se habían
utilizado dos armas. ¿Dos asesinos? La
explicación también la ofreció el
propio menor. Hubo un momento en que
creyó que la espada de samurai se había
roto. Decidió rematar su ataque con un
machete que tenía escondido en el
armario.
La ropa del joven
estaba ensangrentada, igual que la casa.
Decidió cambiarse, pero no se mudó ni
de camiseta ni de calzoncillos. No había
tiempo que perder. Rebuscó por la casa y
sólo encontró 15.000 pesetas. Así,
ensangrentado por dentro pero limpio por
fuera, con su teléfono móvil y sin las
llaves de casa -"no pensaba volver
nunca"- salió a la calle. Acababa
de amanecer. Se echó a andar en
dirección al centro de Murcia.
Caminó hasta que
calculó que Sonia, su amiga de
Barcelona, se había despertado. La
llamó una y otra vez. Hasta una docena
de veces. Hablaron tanto que casi
consumió las 6.000 pesetas que aún le
quedaban en su tarjeta de Movistar. Dejó
de hablar al salir de la ciudad. Se puso
a hacer autoestop. Quería ir a Alicante
y no tardó mucho en conseguirlo. No es
difícil auxiliar a un chico con tan
buena pinta. Primero lo cogió un
vendedor de coches que lo llevó hasta
Orihuela. Otro tramo lo hizo con un
camionero italiano. Y, finalmente, una
mujer joven lo dejó a las puertas de
Alicante, junto a la circunvalación.
Ya era mediodía del
sábado y aún tenía que llegar a la
estación de tren, comprar un billete
hasta Barcelona y partir luego hacia
Terrassa, la ciudad de Sonia. Nadie
sabía todavía que era un fugitivo. Vio
a un chaval de su edad jugando con un
palo junto a un árbol. Decidió
preguntarle por dónde se iba a la
estación. Se cayeron bien. El fugitivo
le contó que tenía problemas, que
había matado a un hombre. El otro lo
consoló. Le dijo que a él tampoco le
sonreía la vida. Que su padre estaba en
la cárcel, y su madre, en un manicomio.
Decidieron seguir la
aventura juntos.
El miedo se escribe
al revés
P. O, Murcia
Había dos horas sagradas en la vida del
acusado. Las seis y media de la tarde y
las diez de la noche. Eran sus citas
diarias desde hacía un mes con Sonia. Se
habían conocido a través de Internet y
desde entonces departían o chateaban -en
el argot de la red- como antiguamente lo
hacían los enamorados a través de una
reja. Se fueron gustando el uno al otro.
Él, encerrado en su habitación, le
contaba a ella que sabía de artes
marciales, de juegos de rol, de
vídeoconsolas, de filosofía budista.
La policía, después
de interrogarle a conciencia, cree que
iba de farol. Sólo intentaba
conquistarla. Quizá también por eso
eligió un intrigante nickname, un
sobrenombre para navegar por la red. Él
era Odeim, o el mismísimo Miedo escrito
al revés.
Una sensación, sin
embargo, que no apreciaron en él los
policías que lo detuvieron en la
estación de Alicante. Fue el lunes por
la mañana, justo dos días después del
crimen. De 48 horas de huida junto a O. y
en permanente contacto telefónico con
Sonia. José inclusó llegó a contarle
lo que había hecho, pero su amiga no se
lo creyó del todo. Pero tampoco, por si
acaso, quiso colaborar demasiado con la
policía.
Los agentes de la
Jefatura Superior de Murcia descubrieron
pronto las intenciones de José. Fue
justo después de encontrar los
cadáveres de su familia. Al bucear en su
ordenador -un potente Pentium III a 450
Mhz-, encontraron el teléfono de Sonia
con el prefijo de Barcelona. Un agente se
acercó a su casa y alertó a la madre:
"Es posible que su hija esté en
contacto con un muchacho de Murcia
sospechoso de haber cometido un triple
crimen. Es necesario que colabore con
nosotros".
La policía estaba en
lo cierto. Desde algún lugar del sureste
-todavía Murcia o quizá Alicante-, él
había estado en contacto con ella,
planeando la visita por teléfono. Los
dos jóvenes llegaron a vender el móvil
por 1.000 pesetas a un inmigrante de
Kenia y mendigar en una iglesia para
conseguir dinero y seguir con las
conferencias. Todo lo que les sobró de
los billetes de tren -6.000 pesetas por
cabeza- lo cambiaron en monedas de 20
duros. El fugitivo hablaba continuamente
con su novia internauta. Y su compañero
con Desiré, una amiga de Sonia.
Todo estaba previsto
para el viaje. Incluso O. quemó junto a
su chabola de Alicante la camiseta
ensangrentada del supuesto homicida. Pero
llegó la policía.
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